Tuesday, September 7, 2010
    

Un viaje al pasado en Trelew.

August 19th, 2008 by admin

Entre un museo y un parque con fósiles de dinosaurios.
La ciudad de Trelew es el corazón de una región chubutense riquísima, tanto en recursos naturales como culturales: el Valle Inferior del río Chubut. A la famosa Península Valdés, con sus poblaciones de ballenas, lobos marinos y pingüinos, se suman las colonias galesas con sus tradiciones y sabores, y las playas infinitas. Sin embargo, hay otro recorrido imperdible, que convierte a la zona en un verdadero viaje al pasado, en este caso, remoto: el circuito paleontológico de Trelew. Un trayecto que expone las primeras manifestaciones de vida en tierras patagónicas.

Las huellas de la prehistoria
El circuito comienza en el Museo Paleontológico Egidio Feruglio (MEF). Este increíble centro museístico recorre las distintas eras geológicas a través de sus fósiles, desde la aparición de los primeros microorganismos hasta la llegada de la especie humana, donde se destaca, obviamente, la sala de los gigantescos dinosaurios.
Inaugurado en 1991, el MEF es una de las instituciones científicas más importantes del país y un referente a nivel mundial. Y no es para menos; ubicado en uno de los yacimientos fósiles más grandes del mundo, sus muestras asombran al punto de la incredulidad. La exhibición está organizada a la inversa del desarrollo cronológico, como una travesía hacia tiempos casi inimaginables. La primera sala, entonces, expone rastros de los primitivos seres humanos en la Patagonia, hace 10 mil años. Siguen el Neógeno y el Paleógeno, entre 18 y 65 millones de años antes, con restos marinos y fósiles de los mamíferos presentes en ese entonces.

El verdadero parque jurásico
Pero nuestra curiosidad no puede esperar. Estamos ansiosos por ver a la estrella del museo: la era Mesozoica, que comenzó hace 250 millones de años y terminó hace 65 millones. Es fácil advertir la razón de este interés, sobre todo entre los más chicos, ya que es la era de la aparición, desarrollo y extinción de los dinosaurios. ¿Habrán visitado este sector Steven Spielberg o algunos de sus colaboradores antes de filmar su taquillera película Jurassic Park? Es lo primero que se nos ocurre al ver estos gigantes reconstruidos con restos encontrados en la zona. Verlos allí, tan monstruosos ellos, nos hace dudar de su verosimilitud y creemos que estamos inmersos en una película de ciencia ficción.
Pero los carteles explicativos, muy bien organizados, nos sacan de la duda. La historia de los dinosaurios comenzó en el Triásico, cuando los continentes estaban unidos en una sola masa de tierra: Pangea. Durante el Jurásico, estos habitantes se diversificaron, al mismo tiempo que los continentes se separaban. Dentro de este período se destaca el Amargasaurus, que se exhibe en el museo, dueño de una extraña columna vertebral espinosa. El Cretácico, a pesar de ver desaparecer a estos titanes, albergó a dos curiosas especies: el Carnotaurus, primer animal carnívoro con cuernos, y el Argentinosaurus, con vértebras de más de 1,5 metro de alto. Los chicos, felices, se fotografían con huesos que los doblan en altura. Algunas piezas, incluso, pueden tocarse. El museo ofrece una opción más que atractiva para los chicos: “Exploradores en pijamas”, una recorrida nocturna con juegos y actividades, en la que los visitantes pueden hacer sus propias réplicas e incluso dormir entre los dinosaurios.
Otro imperdible del mismo período, pero marino, es el gigantesco amonite (molusco extinto) de 1,80 metro de diámetro, recreado en su tamaño natural. En esta área, enormes peceras dispuestas en el piso reflejan cómo era la vida en el océano durante el Cenozoico (250 a 540 millones de años atrás). Caracoles, peces fosilizados y huellas de insectos se observan desde arriba. Finalmente, se accede a la sala en la que, a través de una proyección de video, se explica la teoría del Big Bang y el origen mismo del universo, hace 15 mil millones de años.
Pero las sorpresas del museo no terminan ahí. A la salida, en el hall, nos atrapa un inmenso huevo de dinosaurio fosilizado y partido al medio, muy bien preservado. Tras un ventanal, vemos a los hacedores de todo: los científicos con sus manos en la obra.

Un museo al aire libre
Millones de años pasaron por nuestros ojos en pocos minutos. Pero ahora queremos ver el ambiente natural donde habitaban esos enormes dinosaurios o esa tierra que en un momento fue mar. Para eso nos dirigimos al Geoparque Bryn Gwyn (del galés “Loma Blanca”), ubicado a 25 kilómetros de Trelew.
El parque, primero de su tipo en Sudamérica, es una reserva natural de 250 hectáreas que permite experimentar las vivencias paleontológicas en el campo mismo donde fueron encontrados los restos. Tras una caminata de una hora y media se observan, protegidos por pirámides de vidrio, antiguas especies, trazas (rastros de animales) y fósiles marinos de hasta 40 millones de años. También es posible conocer cómo se formó el actual territorio patagónico y comprobar, con asombro, que estas estepas áridas y desérticas constituyeron, alguna vez, el fondo del océano. Dos días de contacto con la prehistoria nos abrieron el apetito. Las casas de té y tortas galesas en Gaiman, a 8 kilómetros del parque, nos tientan. El viento parece llevarlo todo consigo en la Patagonia, pero nos sentimos a salvo comiendo un scon al lado de la salamandra, repletos de información.

Fuente: Vanina Sylvestre

Clarin.com

    

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