Un paseo distinto por la eterna capital checa.
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Praga, con la magia del invierno. Calles nevadas, tabernas, exquisita gastronomía y el color del Carnaval.
Cuando el Hemisferio Norte se viste de blanco y el invierno abre sus telones, Praga, la fascinante capital de la República Checa, cambia su fisonomía y logra una belleza aún más sublime con sus calles nevadas. Claro, hace frío -a veces bastante-, los días son más cortos y muchos sitios de visita suelen cerrar entre una hora y una hora y media más temprano que en verano. Pero los árboles despojados y las calles no tan rebosantes de turistas (una ventaja a tener en cuenta) le dan a la ciudad de Kafka un aspecto particular y atractivo, como más irreal. Además, el frío es una excelente excusa para dejarse tentar por la rica gastronomía local, basada en sabrosas sopas (polevka), carnes asadas, repollos, salchichas y una de las cervezas más famosas del mundo.
A orillas del río Moldava, Praga se levanta en una extensa franja que se prolonga desde la Ciudad Vieja hasta las colinas del Castillo Real. En este trayecto, el viajero queda atrapado por los resabios del Barroco que se superponen a la etapa renacentista, el art noveau o el cubismo que conviven con el gótico en calles misteriosas, iglesias y museos. Una mezcla de estilos -armoniosa- que han dejado las dinastías que pasaron por Bohemia.
Como su nombre lo indica, la Ciudad Vieja (Stare Mesto) es el sitio más antiguo: allí tuvo lugar el asentamiento original de Praga, hasta que en el siglo XIV Carlos IV expandió el territorio con la fundación de la Ciudad Nueva. La parte antigua, como detenida en la Edad Media, conforma un laberinto donde lo más lógico es perderse o terminar en un callejón sin salida. Esto también es parte de la belleza de Praga. En esta zona se destacan la Plaza de la Ciudad Vieja y el reloj astronómico. Al otro lado del río Moldava, en tanto, está la Ciudad Pequeña (Malá Strana). Ambas partes están conectadas por el emblemático Puente Carlos IV.
Chocolate por los callejones
La Ciudad Vieja tiene esa magia que sólo es posible encontrar en las cosas imperecederas. Y ese bullicio constante de viajeros, músicos y malabaristas no se detiene con el frío. El reloj astronómico no sólo marca las horas, sino que brinda un espectáculo cada 60 minutos: ubicado en el magnífico edificio del Ayuntamiento, del siglo XIV, es un complejo mecanismo con desfile de figuras de los apóstoles y otro conjunto representa las virtudes y vicios humanos. Las campanadas dan la hora y, en simultáneo, un gallo mecánico agita sus alas y canta.
Todas las casas en los alrededores de la plaza de la Ciudad Vieja son un atractivo en sí mismas. De estilo rococó, el Palacio Goltz-Kinsky es uno de los edificios más ostentosos. En cambio, Nuestra Señora de Tyn es una verdadera maravilla gótica, con dos campanarios gemelos de 80 metros coronados con pináculos y torrecillas en cada esquina. De paso, se puede combatir el frío con un buen chocolate caliente y algún bollito, que los hay de todo tipo. Y mejor en alguna callecita oculta, al menos a unas cuadras del centro turístico, donde los precios son más accesibles.
Con el chocolate aún calentando cuerpo y alma, el paseo bien puede llevar por los callejones furtivos y casas antiguas y cercanas a la plaza. Hace más de dos siglos los mejores instrumentos musicales se hacían en Praga, y hasta el propio Mozart vino a la ciudad atraído por ellos, y en la capital checa compuso varias de sus óperas. “Aquí todos cantan, silban o ríen”, dicen que solía decir “Amadeus”. No es extraño, entonces, que Praga sea considerada el corazón musical de Bohemia.
Las típicas tabernas
Al pasar la plaza, son imperdibles las estrechas calles de la zona del Puente de Carlos, especialmente Karlova, que por siglos fue la principal calle de la Ciudad Vieja. En la intersección con Husova, el mejor lugar para detenerse es El Tigre Dorado, una taberna tradicional en la que se sirve cerveza “Pilsner Urquell” de barril, que puede ser acompañada con algunos bocaditos salados o dulces y que es casi obligatorio degustar, aun en pleno invierno. Desde allí, por Karlova se llega directamente al Puente de Carlos, desde donde las vistas de Malá Strana (Barrio Pequeño) y el Castillo son espectaculares, como una imagen de luz y sombra captada por el fotógrafo checo Josef Sudek.
Al final del puente, la calle Mostecka lleva al corazón del Barrio Pequeño. No escasean los restaurantes para turistas, pero en Malostranské Námestí se puede encontrar uno que sirve un exquisito plato que, con seguridad, aplacará el frío: conejo con pimientos rojos, puré de papas y puerros, que puede ser acompañado por un estupendo vino de aguja tipo Riesling “made in” República Checa.
Praga es un acabado ejemplo de la belleza que los seres humanos pueden crear. Esto se confirma al caminar por la calle Nerudova Ulice, que parte de Malostranské Námestí y asciende en forma empinada hacia el Castillo. Es uno de los rincones más sugestivos de Malá Strana, y se caracteriza por sus residencias burguesas diseñadas por maestros italianos en los siglos XVII y XVIII, manifestaciones del Barroco tardío. Escudos y emblemas identifican los edificios, y muchos conservan símbolos: en la casa 12 vivieron los constructores de instrumentos de cuerda Edlinger, y por ello tres violines constituyen, todavía, su insignia distintiva.
Del esquí al Carnaval
¿Qué otras cosas se pueden hacer en la misteriosa Praga? Ver el circo en el teatro Laterna Mágica, o esquiar, que aquí es un deporte popular y accesible. Y cuando los checos vuelven de sus vacaciones de montaña, comienza otro festejo: el Carnaval, una de las fiestas más alegres y espectaculares del año, inspirada en los carnavales de Venecia y en tradiciones folclóricas particulares. En el Palacio Clam-Gallas se puede visitar el taller de disfraces y vestuarios carnavalescos, y las tabernas y cafés preparan una gran noche de gala de disfraces. Las celebraciones finalizan con un festival gastronómico para conocer el arte culinario del Carnaval en hoteles, restaurantes y bares.
Y para ver la diversión en las afueras de la ciudad, sólo 20 minutos en tranvía permiten disfrutar de los famosos carnavales del barrio de Zizkov, uno de los más concurridos, que inauguran las fiestas con un disparo de fusil y sonido de tambores.
Fuente: Clarin.com
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