Tuesday, February 7, 2012

Tranquilas playas y las excursiones por los morros

October 22nd, 2007 by admin

Ilha Grande. A sólo 180 kilómetros del Corcovado y las veredas de Copacabana, Ilha Grande es una buena opción para quienes buscan disfrutar del mar verde y la tranquilidad de las playas del litoral sur del estado de Río de Janeiro.

También es, por qué no, un buen condimento para quienes deseen compensar la agitación carioca con tres o cuatro días de descanso al sol, entre costas de arenas blancas rodeadas de verdes montañas. De hecho, entre la isla y la “cidade maravilhosa” hay un parentesco: los morros de la primera son “primos hermanos” del Pan de Azúcar.

Pronto el viajero descubrirá que ese autobús que lo dejó en el puerto de Mangaratiba -desde donde salen los ferrys hacia la isla- será, tal vez, el último vehículo de ruedas que verá en su estadía. Tras casi dos horas de viaje, divisará a lo lejos la tranquila fisonomía de la Villa de Abrão, poblado principal de este paraíso donde los únicos medios de transporte son las embarcaciones y los propios pies. Tampoco hay bancos, por lo que es indispensable conseguir moneda local en Río.

Senderos en la selva
Ubicada frente a las costas de la ciudad balnearia de Angra dos Reis, Ilha Grande entró en los mapas europeos a principios del siglo XVI: desde entonces y hasta el siglo XIX, su historia está poblada de relatos de piratas resguardados entre sus bahías a la espera del paso de los buques de la armada española. También sirvió de escondite para los traficantes de esclavos.

Hoy todavía conserva cierto misterio que, sumado a su belleza natural, atrae a los turistas que buscan alejarse de las playas atestadas. Ilha Grande es, por cierto, todo lo contrario. Con sus callecitas de tierra, su pequeña iglesia y una plaza central que da justo sobre la bahía, la Villa de Abrão concentra la mayor parte de los alojamientos de la isla. También posee una oferta gastronómica más o menos variada, que va desde los barcitos con mesas a la calle donde se mezclan “locales” y “visitantes” hasta los restaurantes más lujosos, donde predomina el turismo internacional.

Desde Abrão parte la mayoría de los senderos (o trilhas) que se internan por los morros y conducen, a través de la intensa vegetación, hasta las distintas playas de la isla. Con cuidado y sin hacer ruido para no alterar el pacífico ecosistema de la mata atlántica, los caminantes se cruzan, se dan los buenos días y continúan su paseo por arroyos y pequeñas cascadas hasta que a lo lejos se escucha el sonido del mar. Entonces sí, la selva se abre y deja ver la entrada de una playa que el viajero cree haber visto cierta vez, en alguna postal o en sus sueños.

“Vayan a Abrãozinho”, sugiere el pescador que acaba de dejar su barca en el muelle cuando recién los turistas bajan a la costa. Las indicaciones son muy simples: seguir hasta el final de la playa hasta encontrar el comienzo del sendero. Tras 20 minutos de caminata, la pequeña bahía de Abrãozinho ofrece todo lo necesario para pasar el día: un mar tranquilo, sol, sombra y hasta un barcito con mesas en la arena. Entre los destinos más recomendados de Ilha Grande figura también la playa de Dois Rios, para la cual es necesario atravesar la isla hasta la costa sur. Como la caminata suele demandar hasta dos horas y media de viaje, se trata de un paseo de todo el día que implica levantarse temprano. Pero vale la pena el esfuerzo para llegar a este hermoso paraje que, como su nombre lo indica, se encuentra limitado en un extremo y otro por dos afluentes de agua dulce que bajan desde la selva hacia el mar.

Hasta no hace muy poco existió en Dois Rios una prisión que fue demolida. Luego, la propia naturaleza se encargó de tapar, bajo arena y vegetación, los restos del antiguo penal.

Para los más osados, la isla ofrece senderos más largos -de hasta 70 kilómetros-, con paradas para dormir. Se requiere de un buen estado físico, equipo para acampar, teléfono celular o GPS y, para más seguridad, los servicios de un guía que puede ser contratado en Abrão o en Aracatiba, el segundo poblado en importancia de la isla.

Aunque los senderos están bien señalizados, en todos los casos conviene llevar el mapa que venden en la Asociación de Barqueros o en los locales con acceso a Internet.

Tesoros del mar
Son las diez de la mañana y el muelle de Abrão vive su momento de mayor actividad. A esa hora parten las embarcaciones que, por un precio que va de 11 a 25 dólares, llevan de paseo a las playas más alejadas de la isla.

Luego de un momento de tradicional regateo, los últimos pasajeros se acomodan en los asientos y el barco parte hacia otras bahías que tienen nombres tan sugerentes como Lagoa Verde o Lagoa Azul. Aquí son presencia habitual los peces de colores, por lo que vale la pena aceptar el snorkel y las patas de rana que las agencias alquilan aparte del viaje.

En Lagoa Azul, el agua transparente revela las grandes estrellas de mar que viven en el fondo, indiferentes a los turistas.

Los que saben dicen que es imposible irse de la isla sin antes conocer la paradisíaca playa de Lopes Mendes. Se llega por barco hasta la playa de Pouso y de allí debe hacerse una caminata de 15 minutos hasta el lugar. La playa de Lopes Mendes se extiende a lo largo de una bahía donde no hay casas ni tiendas ni nada que perturbe la paz en la cual sólo se escucha el ruido del mar. A diferencia de otras playas, Lopes Mendes tiene olas que la convierten en una de las favoritas de los surfistas. A la hora del almuerzo, las opciones son: uno de los sándwiches naturales que pregonan los dos o tres vendedores ambulantes que, cada tanto, caminan por la arena o, regresar para comer en Pouso, donde un agradable bar de playa aguarda con platos más elaborados.

A eso de las cinco de la tarde, las embarcaciones regresan con calma a la villa. Se anuncia el atardecer y los bares y restaurantes comienzan a despachar sus primeras caipirinhas para quienes decidieron ver la caída del sol desde la costanera.

La noche de Abrão es alegre y apacible al mismo tiempo. En los restaurantes se escucha hablar en varios idiomas. Pueblo adentro, camino a los morros, una chica festeja su cumpleaños de 15 en un club de la zona. Los chicos de Ilha Grande juegan en las calles y los mayores conversan en las puertas de las casas, mientras la oscuridad cubre de a poco la silueta de los morros.

Fuente: María Sol Port

Clarin.com

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