Tuesday, February 7, 2012

Para soñar y divertirse

April 22nd, 2008 by admin

Todos los atractivos
de los parques temáticos Busch Gardens Africa y Sea World. Juegos, espectáculos y mucha emoción.

Desde una insulsa granja de Kansas, la pequeña Dorothy se transportaba hacia un territorio exuberante y fantástico en “El Mago de Oz”. Sin necesidad de montarse en un tornado, algo parecido pasa al atravesar las puertas del parque de diversiones Busch Gardens Africa, en las afueras de Tampa Bay, Florida. Las homogéneas casas suburbanas -verjas perfectas, frente en alero y la infaltable parrilla que completa cada modesto jardín- terminan a pocos metros de ahí. De esas calles prácticamente vacías se pasa a un ambiente carnavalesco, donde aparecen chicas con varios loros en cada brazo y hombres montados en inmensos zancos que visten un mameluco multicolor.
Los carteles indican (para todo hay señales aquí) que tras pasar por la Puerta de NairDos parques obi y atravesar una serie de jaimas marroquíes, se llega a la Reserva de gorilas de Myombe y de ahí a las Planicies del Serengeti, con sus antílopes, avestruces, zebras, buitres y rinocerontes de carne y hueso. La idea, se entiende, es mostrar una réplica estilizada de las postales clásicas de Africa: desde su arquitectura tradicional, con palacios marroquíes de los que salen minaretes, a edificios de la época de las colonias británicas con empleados que visten uniforme de safari.
Los leones -fosa mediante- conviven con las jirafas, que a su vez se dejan alimentar mansamente durante el Rhino Rally, una visita en jeep por el interior del recinto que imita la geografía del Parque Nacional Serengeti, en Tanzania.
Pero no todo está en calma en Busch Gardens Africa. También hay vértigo y pánico. Desde Montu, una temible montaña rusa que emerge al fondo de la pequeña reserva ecológica, llegan los gritos de los pasajeros que viajan a 100 km por hora -a veces cabeza abajo- por rulos o espirales de hierro que entran y salen de la tierra. Los amantes de las montañas rusas tienen para elegir. También están Kumba, la rústica Gwazi (alcanza los 160 km por hora pese a estar hecha de madera) y Sheikra, rankeada entre las más impresionantes del mundo: no conformes con su caída en vertical de más de 60 metros, pasos por túneles subterráneos y rulos, hace un año le quitaron el suelo. Ahora, los que se le animan, llevan los pies colgando y apenas los sostiene un arnés de plástico. Claro que Busch Gardens es un parque familiar con una oferta variada. Hay juegos acuáticos como los gomones del Congo River Rapids o las barcas de Stanley Falls, de las que si no se baja empapado no se puede estar satisfecho. Más distendida es la visita por los senderos rodeados de plantas y árboles africanos que zigzagean por las 335 hectáreas del parque, donde hay casi 300 especies animales diferentes: pájaros multicolores, familias de chimpancés, gigantescos cocodrilos, elefantes o dragones de Komodo que, aunque son típicos de Asia, aquí también quedan bien.
Quien quiera levantar los pies de la tierra sin que lo empujen a más de 100 km por hora tiene una buena opción en Skyride, un teleférico que recorre buena parte del parque y permite echarle un vistazo a los alrededores. Que el comienzo del trayecto esté muy cerca de Montu no parece casual. El aire fresco de las alturas es el mejor antídoto contra el mareo y la euforia que deja la montaña rusa.

Delfines y orcas
El viaje por tierra desde Tampa Bay hasta Orlando confirma que esa tendencia de fundar parques de diversiones en medio de un marco algo chato es tan estadounidense como Elvis o la Coca Cola.
Durante los 125 kilómetros de ruta se repite la misma imagen (gasolineras, tiendas de comida rápida y pequeños centros comerciales) casi como si fuera el fondo que pasa una y otra vez en los dibujos animados.
Orlando es la tierra prometida para cualquier amante de los parques de diversiones. En el principio fue Disney, que en 1971 abrió su Magic Kingdom en lo que hasta entonces había sido tierra de naranjales, el fruto típico de Florida. Hoy cuenta con algo más de variedad gracias a las universidades y centros de convenciones que se han instalado en la zona, pero los 52 millones de turistas que la visitan por año no engañan: Orlando es sus parques temáticos y hay tantos que se hace obligatorio elegir, en este caso, uno.
Sea World es el gran parque acuático de Orlando. Al contrario de lo que sucede en Busch Gardens, aquí las montañas rusas son un mero complemento para experiencias únicas como la posibilidad de sentir la piel gomosa de un delfín, alimentar a los lobos marinos con pescaditos que reclaman airadamente o rozarle el lomo a las mantarrayas, que fondean en un pequeño estanque.
Kraken, la montaña rusa más alta de Orlando, está inspirada en el temible calamar gigante de la mitología escandinava. Journey to Atlantis, un viaje por la Atlántida, propone un novedoso recorrido anfibio que combina pasajes por el agua con otros sobre rieles suspendidos en el aire.
A la hora de los famosos shows con animales amaestrados -se repiten varias veces por día-, se impone el respeto.
Shamu, una orca de cinco toneladas y seis metros de largo capaz de saltar fuera del agua o hacer acrobacias con una pelota de plástico, es toda una institución por aquí.
Su figura se promociona en todos los soportes imaginables: llaveros, toallas, remeras, aros, tazas o parasoles de auto. Grandes y chicos corean fervorosamente su nombre antes de que empiece Believe, el imponente espectáculo que la tiene a ella y a su familia como protagonistas de un ballet rockero.
Han pasado casi cincuenta años desde que Sea World abrió su primera sede en San Diego (California) y la mera presencia de los animales quizás ya no sorprenda tanto. ¿Qué quieren, entonces, un espectáculo que mezcle papagallos tropicales con delfines? Pues, aunque parezca increíble, ahí lo tienen.
Durante la función de Blue horizons, no alcanza con un par de ojos para verlo todo: un instructor utiliza a dos delfines como esquíes de agua mientras, encima suyo, un buitre ahuyenta a los coloridos papagallos, y dos gimnastas saltan desde unas plataformas con unas cuerdas elásticas que los detienen a apenas centímetros del agua.
Al verlos, uno empieza a creer que Oz, la tierra donde los espantapájaros hablan y los leones tienen miedo, no puede quedar tan lejos después de todo.

Fuente: Juan Manuel Bordón

Clarin.com

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