Tuesday, February 7, 2012

La ciudad fortificada: Granada

October 29th, 2007 by admin

Granada es de esos lugares que hacen llorar. O, al menos, eso sostiene una leyenda. Boabdil, el último rey musulmán de Granada, acababa de ser expulsado por los Reyes Católicos y se alejaba para siempre de la Alhambra.

Entonces, en un rapto de sentimentalismo, se dio vuelta para despedirse de la ciudad que adoraba cuando, paf, se largó a llorar.

Al lado del emperador entristecido marchaba su madre, quien, en vez de consolarlo, le dedicó una frase que cinco siglos después sigue vigente en el glosario popular hispanoamericano: “Lloras como mujer lo que no supiste defender como hombre”. Granada (o la Alhambra, da igual, ya que una y otra son tan complementarias que resultan indivisibles) arranca lágrimas. Bien podría merecerse una canción de otro andaluz famoso, Joaquín Sabina.

La Alhambra y Borges
Así como Buenos Aires le parecía cuento, La Alhambra le pareció una poesía a Jorge Luis Borges. Apenas entramos a esta ciudad fortificada que los árabes ocuparon hasta 1492, un mural nos recibe con el poema que el escritor argentino trazó en la propia Granada, en 1976, luego de haberse inspirado en las beldades de la Alhambra:

Grato sentir o presentir, rey doliente, que tus dulzuras son adioses, que te será negada la llave, que la cruz del infiel borrará la luna, que la tarde que miras es la última.

A quienes les cuesta imaginarse cómo hicieron los árabes para dominar durante ocho siglos más de la mitad del territorio de lo que hoy es España, la Alhambra ayuda a explicar ese poderío. Dentro de la fortaleza se suceden palacios, mezquitas, parques, patios y torres entre otras espléndidas construcciones que la convirtieron en el eje político del occidente islámico. Más que una enorme ciudad amurallada, la Alhambra es una sucesión laberíntica de edificios y jardines entre los que da placer caminar a la deriva.

Nos habían dicho que medio día alcanzaba para recorrer lo que los árabes llamaban “el edén terrenal”, pero llevamos cinco horas desde que leímos el poema introductorio de Borges y todavía no registramos síntomas de tedio.

El sector más esplendente del complejo es el arábigo, que se subdivide en cuatro grandes áreas: los palacios, la ciudad (Medina, en árabe), la zona militar (Alcazaba) y la finca agraria del Generalife. Los sultanes y su séquito, que de masoquistas seguramente no tenían nada, vivían en los palacios reales nazaríes, un cautivante grupo de patios rectangulares salpicados de agua y canalizaciones.

Después de que los musulmanes fueran desterrados de la península ibérica, los reyes de Castilla ocuparon la Alhambra y forjaron un mosaico de estilos arquitectónicos. En esa confrontación artística occidental-árabe, los turistas se inclinan a favor de la estética ornamental que profesaban los moros. El contraste se magnifica con la sobriedad renacentista del palacio de Carlos V, que parece empalidecer de envidia frente a las delicadas sutilezas de los alcázares andalusíes.

Nuestra última etapa dentro del complejo es el Generalife, un paraíso de jardines aterrazados, huertos decorativos, surtidores de agua, fuentes y un coqueto palacio que los reyes nazaríes utilizaban como residencia de verano. Pero como la Alhambra y el Generalife también se pueden contemplar desde el cercano barrio de El Albayzín, que completa la tríada granadina declarada Patrimonio de la Humanidad, salimos en búsqueda de esa imagen panorámica.

De bares y de tapas
Además de conformar una excelente plataforma para fotografiar la Alhambra, el Albayzín (o Albaicín) es un encantador distrito árabe que nos invita a obedecer un axioma ancestral que define a Granada: “Para encontrar a la ciudad, primero hay que perderse”. Le hacemos caso al dicho popular y empezamos a pasear con aire errante entre las pequeñas casas de paredes encaladas. Tarde o temprano nos cruzaremos con el mirador de San Cristóbal, la iglesia del Salvador, la plaza Nueva (su fachada supone una de las expresiones más lúcidas del estilo mudéjar, el arte nacido del mestizaje entre cristianos y musulmanes), las plazas con aljibes y los bares de la barriada.

Ay, los bares granadinos. En el extranjero, Madrid tiene fama de constituir la capital mundial de las tapas, pero muchos españoles declaman que Granada instituye el mejor escenario para abrazarse al españolísimo rito de pasar la noche yendo de un bar a otro entre cervezas, vinos, jamones serranos, quesos varios, lomos, tortillas, aceitunas y morrones.

La calle de los bares es Pedro Antonio de Alarcón, aunque el Campo del Príncipe, no tan céntrica, también concentra una importante cantidad de tabernas y cantinas típicas. De todas maneras, las aventuras gastronómicas de Granada alcanzan su clímax en las cenas al aire libre que ofrecen los cármenes andaluces con vistas a la Alhambra iluminada. Si algún romántico quiere impresionar, aquí tiene una oportunidad irrepetible. La delicatessen granadina más festejada son los chopitos de Motril a la plancha con salsa alioli y picada de ajo y perejil. Y para beber, como en toda Andalucía, se impone un tonificante gazpacho.

Sin embargo, desde que llegamos a la ciudad advertimos que una Granada que sólo se remita a la Alhambra y a los bares de tapas implicaba una definición incompleta. La triología básica del lugar concluye con el flamenco, un rasgo principal para comprender el ADN cultural de Granada.De hecho, contemplar los bailes rituales gitanos (zambras) tal vez sea el espectáculo más impresionante y auténtico de la ciudad. Entre taconeos, palmas, castañuelas, panderetas y oles, los bailaores se entregan con devoción al espíritu flamenco. El show se repite todas las noches en decenas de tablaos originales del barrio de Sacromonte, el distrito mejor sazonado de Granada: muchos de sus habitantes son descendientes de los gitanos que llegaron con las tropas de los Reyes Católicos y luego se mezclaron con los moros. Aquí, además, se realiza la procesión del Cristo de los Gitanos, un babélico desfile de cofradías de hombres de traje y mujeres de peineta que recorren las calles entre hogueras, llantos, velos, flechas y bailes populares. También en Sacromonte, un grupo de turistas suele congregarse cada atadecer para recordar el legado de Federico García Lorca, uno de los hijos pródigos de la provincia de Granada.
“¡Se acabaron los gitanos que iban por el monte solos!”, recitó aquí el poeta de mayor influencia y popularidad de la literatura española del siglo XX.
El techo de la península

Más allá de la mano del hombre, Granada recibió una bendición de la naturaleza. Caminamos por la Alhambra y el Generalife, transitamos los barrios de Albaizín y Sacromonte, vamos a bares de tapas o cuevas de flamenco y la escenografía siempre es la misma. En el centro o en los arrabales sólo será cuestión de levantar la cabeza para que, omnipresente en el horizonte, divisemos Sierra Nevada, el macizo montañoso de mayor altitud de Europa Occidental luego de los Alpes.
Si Granada resulta una de las ciudades más elogiadas de España (o, por qué no, sencillamente la más hermosa), mucho le debe a Sierra Nevada. Ese marco natural le inyecta a la ciudad un aura refrescante imposible de encontrar en el resto del país. El pico Mulhacén, de 3.482 metros sobre el nivel del mar, es el techo de la península ibérica (no de España, ya que el Teide, en Tenerife, supera los 3.700 metros). Dentro del Parque Nacional de Sierra Nevada, se levanta la estación de esquí más meridional de Europa, que cada invierno recibe a miles de visitantes. Nadie podrá desmentir que las cercanías de Granada satisfacen todos los caprichos: además de montañas, hay grandes playas (ver imperdible).
Las últimas horas de nuestra visita discurren entre la Catedral y el monasterio de la Cartuja, dos de los íconos de una ciudad que descubrió el gen de la reinvención cíclica.
Granada nunca pierde sus encantos hereditarios, pero siempre se renueva. Uno de sus secretos reside en la juventud de su población: de sus 560 mil habitantes, aproximadamente unos 80 mil, o más, pertenecen a los claustros. Son estudiantes foráneos que cursan en la histórica Universidad local fundada en 1531.
Como le pasó a Boabdil, Granada es tan intensa que puede hacernos llorar de tristeza. Pero conviene recordar un refrán que habría consolado al último rey musulmán: “En la vida no hay nada peor que ser ciego en Granada”.

Fuente: Andrés Burgo

Clarin.com

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