La “Ciudad Dorada”, Jaisalmer.
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Postales: India. La ciudad de piel de león, el noroeste de la India, seduce con su fuerte y sus ajetreadas calles.
Las personas parecen diminutas al lado del enorme portón del fuerte. Su majestuosidad se consolida en las dimensión de su imponente arquitectura y la fortaleza, que se yergue sobre la ciudad como el alma mater de Jaisalmer, un distrito de Rajasthán, en el oeste de la India. Del color de la piel de león y labrada en piedra arenisca, adquiere brillantes tonalidades en los atardeceres, por lo que la llaman la “Ciudad Dorada”. La separan 950 km. de Nueva Delhi, que son unas 13 horas en tren.
Erigido en 1156 por Rawal Jaisal, -capital de los Bhati, tribus guerreras del desierto- el fuerte corona la colina Trikuta, de 80 metros de altura. Desde sus muros se contempla la ciudad antigua y el desierto circundante, por el que se hacen exóticos safaris en camello. Un poco más allá, alrededor del lago Gadi Sagar, aparecen pequeños templos y santuarios, algunos de ellos como si flotaran en el agua o emergiendo de la nada: un paisaje casi sobrenatural.
El interior del fuerte es un laberinto de callejuelas adoquinadas e irregulares por donde sólo pasan personas, rickshaws y flacas y mansas vacas que constituyen el paisaje de la India. Es un lugar tranquilo, sin tránsito, que invita a caminar y a perderse en esa atmósfera que parece escapar del tiempo. Los puestos callejeros empapan de color el ambiente con sus telas miles de objetos llamativos. Al rededor, grandes y suntuosas, se amalgaman edificaciones inmutables desde hace siglos. Y se nota. Bañados en la misma tonalidad ámbar, los templos jainístas, el palacio del ex gobernador y las “havelis” -las mansiones que pertenecieron a prósperos comerciantes-, conviven en ese espacio común. Al fuerte se accede tras sortear varios portones que conducen al amplio patio en donde se encuentra el palacio del maharajá; un edificio de siete plantas, con ventanas y arcos ondulados y finos tallados en las paredes.
Los templos y la gente
En el siglo XVII, la posición estratégica de Jaisalmer en las rutas comerciales entre la India y Asia central le confirió una gran riqueza y se alzaron esas doradas mansiones de madera y piedra caliza. Las paredes y las columnas de los templos jainistas dan cuenta de su fe a través de los relatos labrados en la piedra con mitológicas representaciones. En misteriosa y sugestiva armonía, algunos sectores en penumbras albergan murciélagos que descansan colgados de los techos.
Como en toda la India, en Rajasthán, el miedo es una sensación desconocida, pero sí la insistencia de los comerciantes, que se vuelve agobiante luego de una noche de viaje en tren por el desierto. La primera impresión impacta: los conductores de taxis y rickshaws se avalanzan sobre el recién llegado ofreciendo sus servicios y la actitud se reitera más adelante con los vendedores. Ellos llaman a viva voz a las “señoritas” o los “señores” hasta que aciertan con el idioma y su tenacidad tiene un aliado: la profundidad de esas miradas que sólo en la India se encuentran. Y las sonrisas, siempre a flor de labios.
En los puestos de Jaisalmer se destacan las telas hechas con retazos, piedras, espejitos y brillos. Veinte dólares alcanzan para adquirir, regateo mediante, uno de estos souvenirs. La vida late en las calles y es normal ver modistos confeccionando en las veredas con sus máquinas de coser.
Labrado en medio del desierto y ahora marcado por el boom turístico, Jaisalmer es un destino imperdible con deudas en materia sanitaria: las instalaciones y los desagües son insuficientes y las filtraciones se ramifican deteriorando valiosas estructuras históricas. Por esto, la UNESCO incorporó a este Patrimonio de la Humanidad a la lista de los monumentos en riesgo. Un dato que impone al visitante un andar más atento y cuidadoso: todo lo que vea, un día, por obra del descuido y el tiempo podría no estar.
Fuente: Lorena Beltramo
Clarin
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