EL MIRADOR
admin
Cada vez que recuerdo mi infancia y adolescencia viviendo con mi familia en Santa Cruz, siento primero el sacudón del viento que siempre agita y despeina.
Es una caricia querida pero insolente, capaz de tirarte al suelo cuando una ráfaga te encuentra desprevenida. Descubrí la inmensidad en esa tierra árida e infinita, donde liebres, ñandúes y guanacos se abren paso entre matas atravesando caminos inhóspitos e interminables.
La naturaleza se mezcla con la historia desde hace milenios. Quedaron las pinturas rupestres del hombre del neolítico, que con frutos y flores de la zona impregnó las cuevas con sus manos y símbolos. Siglos más tarde, los tehuelches nómades aprendieron a subsistir en medio de bajísimas temperaturas, mientras los glaciares avanzaban. Esas civilizaciones originarias pudieron soportar el riguroso clima de la Patagonia pero no sobrevivieron a las balas del conquistador, dejando el legado de sus tradiciones y rica cultura.
A la par de los nacidos y criados, los que llegamos a Santa Cruz desde otras latitudes aprendimos a quererla para siempre. Nos enamoramos de su tierra y el cielo, que en verano no oscurece nunca y empalaga con una infinita gama de colores a medida que avanza la tarde. Ese manto inconmensurable se disfruta como en ningún lugar de la Tierra en El Chaltén -siempre protegido celosamente por el cerro Fitz Roy-, donde uno se cansa de pedir deseos cada vez que una estrella muere y otra vuelve a nacer.
Fuente: Gisela Busaniche
Clarin.com
Posted in Argentina |
