Tuesday, February 7, 2012

CRUCEROS: Navegar, ese placer incomparable

December 5th, 2007 by admin

Una travesía inolvidable en un barco de primera clase. El Peñón de Gibraltar y otras magníficas vistas.

Viajar sin tocar una valija.  Cruzar fronteras, mezclar idiomas, degustar culturas y sabores de lo más diversos… Todo, en un puñado de días y sin preocupaciones logísticas. Sí, es posible, con una forma de vacacionar que cada temporada gana más terreno: las travesías en crucero, como la que estamos a punto de emprender por el Mediterráneo occidental. ¿Vamos?

Pocas veces sentirá con tanta intensidad el inalcanzable deseo de estar en dos lugares a la vez. A bordo del Century, una de las naves estrella de Celebrity, cada día acercará una pregunta cuya respuesta dejará, ineludiblemente, un regusto amargo por aquello que voluntariamente dejamos escapar. ¿Hoy será mejor bajarse a conocer este puerto o quedarse a bordo para dejarse atiborrar por la oferta de actividades y servicios con que seduce el barco?

Desde la partida, en la opulenta Barcelona, los sentidos son invadidos por una fiesta de colores, postales y perfumes que quedarán impregnados en la memoria. El tenue aroma salobre del Mediterráneo será el compañero invisible durante los 11 días en que el Century besará dos veces la costa francesa -en Marsella y el adorable puerto de Villefranche, una de las perlas que la Costa Azul engarza desde Cannes hasta Mónaco- y otras dos la ribera italiana sobre el mar Tirreno -en Livorno, a tiro de piedra de Pisa y Florencia, y en Civitavecchia, el puerto más cercano a Roma-; amarrará su imponente figura en Ajaccio, capital de Córcega -donde se puede visitar la casa natal de su hijo más famoso, Napoleón Bonaparte- y después de atravesar el estrecho de Gibraltar atracará en la sensual ciudad marroquí de Tánger; paseará su estampa ante el muelle andaluz de Málaga y el de Valencia, para devolver a sus pasajeros cargados de vivencias y recuerdos a Barcelona.

Actividades para todos
Si el dilema de cada mañana se resolvió con la decisión de descender a tierra, se podrá optar por perderse en las calles de la ciudad visitada a solas, o sumarse a alguna de las excursiones organizadas por el crucero.

Si la elección fue permanecer a bordo, mejor será tomarse un rato para recorrer de a poco esta ciudad flotante. Veamos.

En la cubierta del piso 13, donde la brisa del Mediterráneo trepa en intensidad, varias parejas caminan a paso olímpico alrededor de un circuito que abraza la “torre” del crucero para digerir mejor el suculento desayuno.

Más abajo, uno de los sectores mejor desarrollados de esta nave -el Aqua Spa Metabolizar- convoca con opciones de todo tipo. Podrá esforzarse en el gimnasio o entregarse a los baños sauna o a la media docena de terapias relajantes y tratamientos que condimentan el menú. ¿Muy aburrido para alguien acostumbrado al viaje agitado? ¿Por qué no intentar con un juego de básquet? Una mini cancha está lista para recibir a los jugadores. Y cuando se canse, un tendal de reposeras lo esperarán junto a las piscinas y jacuzzis para relajarlo hasta el desmayo.

De todos modos, lo mejor asoma del otro lado de la barandilla. El Mediterráneo está muy transitado hoy: barcos de carga, petroleros, patrulleros, naves deportivas y cruceros de lujo trazan dibujos sobre la superficie azul profunda de sus aguas, mientras los ferries que unen puertos españoles, italianos y franceses con las islas Baleares, Córcega, Cerdeña y varias ciudades marroquíes rayan el mar a toda velocidad. No cuesta imaginar un tráfico similar, sobre estas mismas olas, de naves fenicias y romanas, griegas, visigodas y cartaginesas, carolingias, genovesas y piratas. Navíos guerreros y expedicionarios, cargados de productos para comerciar, de sueños que concretar.

El momento mágico de la travesía es, indudablemente, el cruce del estrecho de Gibraltar. A media mañana, a la derecha de la nave la costa europea empieza a acercarse hasta que, a unos cuantos kilómetros, se divisa -majestuosa y escarpada- la cara oriental del Peñón de Gibraltar, una roca triangular con una falda verde y suave de un lado y un acantilado rebanado a cuchillo del otro, llave de acceso al Mediterráneo y controlada desde 1704 por Gran Bretaña, mientras los reclamos españoles de soberanía golpean contra ella como las olas del mar.

Más allá, navegando dentro del estrecho, varios pueblos se ven con claridad desde el crucero, salpicados por decenas de torres de energía eólica.

Del otro lado de la nave, entre la bruma, el perfil oscuro de unas montañas aparentemente despobladas presentan la otra mitad de este paisaje: Africa.

En el medio, unas cuantas leguas de mar sereno, tan pocas que a simple vista no parecen un obstáculo para cualquier nadador voluntarioso. Sin embargo, separan dos mundos tan diferentes, dos realidades sociales tan opuestas y contradictorias que cuesta entenderlo desde aquí arriba, mientras el viento golpea sobre la cara.

En el trayecto entre Ajaccio y Tánger transcurre uno de los dos días completos a bordo, en los que es posible reponerse del trajín del viaje. O no: camino a las reposeras se escuchan los números de un bingo organizado en el teatro; nubes de turistas manotean ofertas varias y una increíble subasta de arte cobra forma en los salones del piso 7, con un puñado de pasajeros en bermudas compitiendo con sus chequeras por llevarse libres de impuestos grabados, acuarelas y lienzos originales de artistas como Picasso, Miró, Dalí y Andy Wharhol, varias de cuyas obras pop visten las paredes del Century.

La nutrida biblioteca atrae a algunos navegantes, aunque no tantos como las mesas de la sala de cartas y, definitivamente, menos que el casino.

Los días pasan. El sol saluda y se hunde en el mar una y otra vez, con una velocidad que parece acelerarse, para decirnos que el viaje está terminando. A la misteriosa Tánger le siguen Málaga y Valencia, y llega la despedida. Un manojo de gaviotas se asoma adelante, y asoma pronto en el horizonte un inconfundible Colón señalando a América. El ícono de Barcelona nos devuelve a casa.

Fuente: Georgina Elustondo

Clarin.com

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