Tuesday, February 7, 2012

Acuarios, shoppings, museos, restaurantes y las coloridas peatonales.

November 21st, 2007 by admin

A pesar de la acertada lejanía de la época del uno a uno, Miami continúa teniendo ese no sé qué tan seductor para el turista argentino.

Algo comprensible si se tiene en cuenta que dispone de un combo casi irresistible: 24 kilómetros de playas de arena blanca con una temperatura promedio de 23 grados, un cóctel de negocios y centros comerciales para todos los bolsillos, una vida nocturna para cada generación, una oferta hotelera y gastronómica que se acomoda a todos los gustos y placeres, y el plus de no tener que echar mano al inglés ni siquiera al cruzar el inquietante mostrador de migraciones (lo difícil allí es encontrar a alguien que lo hable: según los últimos datos del Miami Convention & Visitors Bureau, el 57,2 por ciento de sus habitantes son de origen hispano). Todo eso sin contar el paisaje humano que se dibuja en playas, calles y autos descapotables, en un desfile incesante de cuerpos lustrados por el sol y esculpidos en horas de gimnasio.

Por eso siempre viene bien una brújula que ayude a abarcar tanta oferta inabarcable. Las que siguen son algunas pistas sobre muchos de esos lugares que se pasan de largo o apenas se intuyen en el apuro por recorrerlo todo, desde sitios para toda la familia hasta opciones para el anochecer de un día agitado.

Al ritmo de Lincoln Road

Alguien la definió como la más europea de las calles de Miami. Difícil asegurarlo, pero lo cierto es que en apenas diez cuadras peatonales, surcadas por un boulevard de palmeras y restaurantes al aire libre, uno encuentra allí un oasis para esa parada del almuerzo o el café de la tarde, además de varias galerías de arte y, por supuesto, un desfile de tiendas de ropa, muebles, hogar, electrónica, joyas, vinos, cigarros& Para los bolsillos mesurados, las dos cuadras contenidas entre las avenidas Collins y Washington, están cargadas de negocios con ofertas del tipo 2 x1, un par de supermercados bien provistos y la parada de varios medios de transporte (en los alrededores de Lincoln Road hay cantidad de lugares para estacionar, un bien preciado en el centro de South Beach). A partir de allí y hasta la avenida Alton, el horizonte se transforma: tiendas de marca (Gap, Banana Republic, Pottery Barn, French Connection, Diesel, L’Occitane, Victoria’s Secret, Soho, y siguen las firmas), una nutrida variedad de restaurantes que incluyen desde la económica hamburguesa hasta la sofisticada cocina de autor (si decide comer en la vereda, un sistema de aire con rocío cae sobre las mesas para refrescar a los clientes), y un festín para las cámaras fotográficas: en una media hora puede ver pasar desde un ciclista paseando a su gallina bajo el brazo, hasta una señorita ronando con su descapotable rosa con brillitos al mejor estilo Barbie.

Eso sí: no vaya antes de las 11 de la mañana porque sólo se cruzará con tiendas cerradas y los homeless tardíos a la caza de alguna moneda. Si en cambio prefiere la noche, Lincoln Road es un lugar ideal para una cena con jazz en vivo o un simple paseo por una zona agradable, cuidada y segura. Como yapa, todos los domingos se instala en sus veredas el “Mercado del Granjero”, con tiendas que venden antigüedades, flores frescas, frutas selectas de estación, panes caseros y mucho más.

Por la Pequeña Habana

Esta zona al sur del Downtown, que logró un lavado de cara en los últimos años, ya es un clásico para el turista curioso. Tiene su columna vertebral en la la Calle Ocho, donde a lo largo de unas diez cuadras se concentran tiendas, restaurantes y negocios que parecen trasladados desde la misma Cuba.

El último viernes de cada mes, entre las avenidas 14 y 17, se lleva a cabo la Block Party, una fiesta callejera con música, espectáculos, artistas, artesanos, tragos y baile. Pero si su almanaque no coincide con este evento tan vivo y colorido, hay bastante de lo que aferrarse para pasar un buen rato por el barrio. Tal vez empezando el día con un potente desayuno cubano en El Pub Restaurant (1548 SW) (imperdibles “los rapiditos” -con huevos revueltos, jamón, croquetas, tostadas, papas fritas y café, todo por 2,95 dólares-) para luego arrancar por la Calle Ocho mientras se espía esa vereda al estilo Hollywood bordada de baldosas con las estrellas dedicadas a Rocío Jurado, Talía, Pedro Vargas, Olga Guillot o Agustín Lara.

A unos pasos de allí se puede disfrutar una visita a El Crédito Cigars (1106 SW) donde, claro, venden cigarros -desde 3,95 dólares en adelante-, pero además se puede observar la trastienda de la fábrica. En sus añejos escritorios de madera, un puñado de enrolladores -todos de origen cubano- estarán dispuestos a explicarle todo el proceso de armado (cada uno fabrica un promedio de 150 cigarros en cada turno de ocho horas) y, quién sabe, hasta su propia historia de balseros.

Siga caminando entre puestos de frutas tropicales y el aroma de frijoles recién hechos mientras los sonidos de salsa y merengue llenan el ambiente. Vale la pena detenerse en el Máximo Gómez Park para ver& ¡a los jubilados jugando al dominó! Esta esquina en la avenida 15 es el santuario de la tercera edad: desde las nueve de la mañana se reúnen aquí decenas de hombres y mujeres frente a sus fichas de ajedrez, rummy o dominó pero con pasión futbolera. Eso sí: nada de apuestas, alcohol o tabaco.

Bajo tres carpas al aire libre, y escoltados por un gran mural pintado durante la cumbre de presidentes de diciembre de 1994 (sí, en el centro está Menem a tamaño real pegadito a Bill Clinton), los viejitos la pasan de maravillas.

Si se pasa toda una tarde en la Pequeña Habana sin oír una palabra de inglés, querra decir que usted estuvo en el lugar correcto.

Una bahía muy especial

Bayside es la puerta de entrada de los cruceros que anclan en el puerto de Miami. Pero esta bahía es mucho más que una postal de bienvenida a la ciudad. Aquí funciona un circuito dominado por el centro comercial con más de cien tiendas que van desde las artesanías hasta las grandes marcas. Da para pasar una tarde; comiendo con vista a las aguas y su horizonte de rascacielos; tomándose uno de los tantos barcos que en un recorrido de poco más de una hora satisfacen esa irrefrenable cuota de cholulismo, mientras pasean al visitante por las islas que resguardan las mansiones más impactantes de la zona.

Un buen comienzo será almorzar en Bubba Gumps (401 Biscayne Blvd.). Si el lector vio la película Forrest Gump, entonces disfrutará mucho más este lugar cuya especialidad son los langostinos, ostras, camarones y frutos de mar servidos en generosos baldes. Los mozos regalan su simpatía con una trivia sobre la película (”¡el que gana tiene postre gratis!”) y los chicos disfrutan del sector infantil o de los vasos luminosos que se llevan de regalo. La carta de tragos y postres viene en una paleta de ping pong, y tampoco hay que desesperarse por llamar al mozo: cada mesa tiene un cartel que le advierte “Stop, Forrest, stop” o “Go, Forrest, go”.

En el muelle, empresas como Island Queen Boat ofrecen desde el alquiler de botes y yates para pesca, excursiones, fiestas o hasta una cena romántica por la Bahía de Biscayne. Por 15 dólares se puede sacar un boleto para observar cómo y dónde viven los ricos y famosos. El primer avistaje es hacia Fisher Island (no tiene puentes y sólo se puede llegar en yates o helicópteros, así de exclusiva es), donde están los lujosos pisos de Tom Cruise, Sophia Loren y hasta nuestra Susana Giménez. ¿Cuánto sale un tres ambientes? Entre cuatro y cinco millones de dólares.

El barco gira luego alrededor de las islas por cuyas costas asoman las manciones de Elizabeth Taylor, Julio Iglesias, Xuxa o Gloria Stefan. En varias de esas fastuosas residencias (que sus dueños pocas veces visitan) se filmaron escenas de películas como Scarface, Cocoon o El especialista.

El pancho y la cocina de autor

Miami tiene más de 6 mil puntos gastronómicos que van desde los informales cafés al aire libre hasta restaurantes para los paladares más refinados. Ese abanico de opciones se refleja también en los bolsillos: el turista puede quedar más que satisfecho con un hot dog de nombre tan prometedor como “El Macho” o “Matador”, a precios que van de los 2,95 a 5,50 dólares, en el Dogma Gril de South Beach (1500 Washington Av.), un lugar ambientado con la onda de los 60 donde se jactan de servir los panchos más completos del mundo; también tiene la posibilidad de un almuerzo rápido pero contundente (además de sano) en 100% Natural, de la famosa cadena mexicana que acaba de desembarcar en Miami con un local en el Dolphin Mall (11401 NW 12 Street), o echar mano a la nostalgia por una buena parrillada en la sucursal del argentinísimo restaurante Novecento en Brickell Avenue. Ahora, si lo que se busca es algo más sofisticado o con un ambiente a la luz de las velas, una cena en el Carrabba del Marriott Courtyard Hotel (3925 Collins Avenue), con el mar ahí nomás, una renovada decoración art decó y una carta de platos y vinos con imbatibles poderes de seducción, se convertirá en una excelente opción. Lo mismo que un brunch o un almuerzo
en los jardines del Indian Creek Hotel (2727 Indian Creek Drive) donde la especialidad es una ecléctica combinación de platos griegos, marroquíes, trucos y egipcios, con toques de la cocina italiana y francesa. Construido en 1936, este hotel le sacó el lustre a su decoración original para lograr un sofisticado viaje al pasado.

La joya de la corona

En el extremo meridional de South Beach, el horizonte reconocible de Ocean Drive –una avenida gastada en cientos de películas– se viste con el decorado perfecto de la Miami con vista al mar. Con más de 800 edificios de estilo art decó en colores pastel, el paseo se convierte en uno de los distritos clave para cualquier visita. Hay algunas escalas obligadas, como la fastuosa mansión donde vivió y asesinaron a Gianni Versace, el City Hall, el Holocaust Memorial y el Miami Beach Convention Center. Un bus local hace el recorrido completo con varias paradas por sólo 25 centavos de dólar. A la hora de las compras, el corazón comercial del distrito está en Collins y Washington entre las avenidas Quinta y Novena: por las veredeas desfilan los escaparates de Hugo Boss, Versace, Arman, Urban Outfitters, Benetton y Kenneth Cole, entre muchas otras marcas.
La zona está envuelta por las amplias playas de arena blanquísima, y una agitada vida nocturna que se desparrama a lo largo de una exótica mezcla de lujosos resorts, hoteles boutique y paradores bastante económicos. Ocean Drive es también, claro, la pasarela para ver y ser vistos en bares y restaurantes. Ahí nomás está, por ejemplo, el Mango’s Tropical Café (900 Ocean Drive), uno de los sitios más agitados desde que se oculta el sol. Música latina y salsa tropical, una ambientación que parece una jungla, camareros ataviados con unas telas mínimas de símil tigre o leopardo, todo regado tal vez con un clásico mojito a 7,94 dólares, hace de la velada una experiencia alentadora.

Un refugio en Coral Gables

Primero, hay que dejarse embriagar por el silencio y la belleza de esas casas de arquitectura mediterránea española que son el sello de Coral Gables, una zona residencial que esconde muchas sorpresas. La más conocida tal vez sea el Biltmore Hotel, un Patrimonio Histórico Nacional que supo tener como huéspedes a la realeza de Europa y a famosos de todo rango, desde Judy Garland y Bing Crosby hasta Al Capone y Theodore Roosevelt. Todos los domingos a partir de las 13.30, el hotel ofrece tours gratis para los visitantes.
Pero a pocas cuadras de allí existe otro añejo y refrescante refugio que vale la pena descubrir: la más excepcional e impresionante piscina pública por este lado del mundo, conocida como Venetian Pool, tiene todo lo necesario para la diversión de la familia. Creada en base a una cantera de rocas coralinas en 1923, incluye dos cascadas, cuevas de coral, grutas, un puente y hasta una isla en el centro, que entretienen a los chicos de sol a sol. Alimentada con agua de manantial, es una alternativa a las playas de Miami Beach, aunque también tenga su propio sector de arenas blancas. El lugar cuenta con todos los servicios –vestuarios, confitería, sombrillas y reposeras– y los precios de las entradas son módicos: 6,25 dólares los adultos y 3,25 los menores de 3 a 12 años (de noviembre a marzo). Eso sí, en efectivo: no se aceptan tarjetas de crédito.

Las mil caras del acuario

Es uno de esos paseos pensados para pasar el día entero, que es la única manera de no perderse a los delfines que vuelan, las temibles morenas deslizándose en cavernas de arrecife coralino, o para dejarse empapar por el panzazo de Lolita, la ballena asesina de tres toneladas. Todo eso sucede en el Seaquarium, ubicado a diez minutos del centro de Miami en el hermoso Cayo Virginia. Sin olvidarse del gorro y el protector solar, la dicha de los más chicos está garantizada. En varias piscinas/escenarios, los entrenadores nadan, cabalgan, juegan y se divierten con estos bichos acuáticos que demuestran una inteligencia sorprendente. Los shows con delfines, obviamente, son los que tienen más seguidores. Por eso el Seaquarium acaba de inaugurar en el Parque del Pirata Salado, un programa para que los visitantes naden con los delfines en una piscina especialmente acondicionada para ese fin. Hay que sacar turno con varios días de anticipación (puede hacerse por Internet: www.miamiseaquarium.com) y no es nada barato: 189 dólares más impuestos, incluido el acceso a todas las áreas del parque.
Si el presupuesto no alcanza para tanto (la entrada general es de 31,95 dólares para los adultos y 24,95 para niños de 3 a 10 años), allí están las coreografías y acrobacias de Flipper (bueno, no el original, pero sí uno de sus descendientes); las morisquetas de las focas y lobos marinos; la voracidad de los tiburones (¡se los ve mientras les dan de comer!) y una cantidad interminable de actividades recreativas y educativas.

World Erotic Art Museum

Como su nombre lo anticipa, esta es una visita prohibida para menores. En el 1205 de Washington Ave., con una entrada discreta pero fácil de encontrar, El World Erotic Art Museum es una completísima exhibición de arte erótico que no debe confundirse con pornográfico: piezas que van del siglo XVII al XXI, reunidas de todos los rincones del mapa, son el resultado de años de trabajo (y de comprar cuanta pieza se le cruzara en el camino) de una fanática del tema: Naomi Wilzig. Esta abuela de baja estatura y alta alcurnia, dedicó las últimas décadas a este hobby que transformó en museo, con una colección de más de cuatro mil piezas cuyo valor está estimado en unos 10 millones de dólares.
Cuadros, esculturas, miniaturas, fotos, muebles… el museo es una sucesión de figuras sorprendentes que trazan la historia del arte erótico a través de los siglos. Juegos de ajedrez con poses del kamasutra, una cama con gigantescas columnas en forma de pene, cajas con mecanismos ocultos que revelan escenas amatorias, miniaturas mayas, chinas o egipcias, un sector gay y otro de sadomasoquismo, son algunos de los ejemplos que sorprenderán al visitante. El museo incluye una generosa biblioteca de 250 libros sobre el tema y, si la suerte lo acompaña, hasta un recorrido acompañado por la mismísima Mrs. Wilzig, que compensa con creces los 15 dólares del precio de la entrada.

Paseo por el Dolphin Mall

Paraíso para los fanáticos del shopping, el Dolphin Mall es una escala ideal antes de tomarse el avión. Ubicado a 8 kilómetros al oeste del Aeropuerto Internacional de Miami (con un servicio de combis que lo llevan hasta allí), este centro comercial tiene un as en la manga: lo suyo es el outlet, es decir, la venta de saldos de temporada con rebajas (pero rebajas en serio) de marcas como Nike, Gap, Saks Fifth Avenue, Tommy Hilfiger y Quicksilver, entre muchas otras. El lugar está dividido en zonas que agrupan restaurantes y tiendas de los mismos rubros (moda, belleza, zapaterías, hogar, tecnología, deportes), para que uno pueda concentrarse en lo que busca sin perder tiempo.
Además de las cafeterías y restaurantes que se concentran en la entrada principal llamada Ramblas (aunque con más estilo caribeño que catalán), el Dolphin Mall tiene un área de recreación infantil para que los mayores puedan recorrer tranquilos, por ejemplo, están esos gigantescos “galpones” atestados de percheros con prendas de saldo, donde se necesitan horas y buenos codos para abrirse paso. Pero no tenga dudas de que vale la pena.

Fuente: Ezequiel Martínez.

  Clarin.com

Posted in Estados Unidos |